Durante años, la sostenibilidad económica de las entidades sociales ha estado fuertemente vinculada a la captación de fondos: subvenciones públicas, donaciones privadas, campañas de fundraising o convenios con empresas. Este modelo ha permitido sostener una enorme red de impacto social, pero también ha generado una dependencia estructural que hoy empieza a mostrar sus límites.
En un contexto de creciente competencia por los recursos, mayor exigencia en la medición del impacto y cambios en las prioridades de financiación, muchas organizaciones se enfrentan a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es suficiente con captar fondos o necesitamos empezar a generar ingresos propios de forma más sistemática?
Aquí es donde emerge, con cada vez más fuerza, el emprendimiento dentro del Tercer Sector.
El modelo clásico de financiación ha sido eficaz, pero presenta tensiones claras:
Esto no implica que el fundraising deje de ser clave. Lo seguirá siendo. Pero cada vez más entidades están entendiendo que no puede ser la única palanca.
La sostenibilidad ya no se entiende solo como “conseguir fondos”, sino como construir estructuras económicas más diversificadas, resilientes y alineadas con la misión.
El cambio de mentalidad es profundo. Supone pasar de una lógica de financiación a una lógica de generación de valor.
Y esta lógica no se trata de “vender servicios” o “montar una empresa”, sino de identificar qué capacidades, conocimientos o activos tiene la organización que pueden convertirse en propuestas de valor sostenibles en el mercado.
Esto puede tomar muchas formas:
El punto clave es que el ingreso no sustituye a la misión: la refuerza. Cuando está bien planteado, el emprendimiento permite ampliar impacto, no desviarlo.
Una de las principales diferencias entre el emprendimiento tradicional y el del Tercer Sector es el punto de partida.
Aquí no se empieza por una oportunidad de mercado, sino por una necesidad social. El reto está en traducir esa necesidad en un modelo económicamente viable.
Esto exige un equilibrio delicado:
No es sencillo. Pero cuando se consigue, el resultado es potente: actividades que generan ingresos mientras crean oportunidades reales para colectivos vulnerables o mejoran el acceso a servicios esenciales.
En España, este proceso ya está en marcha, aunque de forma desigual. Algunas de las fórmulas más habituales incluyen:
Cada modelo tiene implicaciones distintas en términos de gobernanza, fiscalidad y riesgo. No hay una única vía correcta.
Lo importante es que la estructura elegida permita combinar tres elementos: impacto social, viabilidad económica y coherencia organizativa.
A pesar de las oportunidades, el emprendimiento sigue generando resistencias dentro del Tercer Sector.
Algunas son comprensibles:
Pero también hay una barrera cultural más profunda: durante mucho tiempo, lo empresarial se ha percibido como algo ajeno o incluso opuesto a lo social.
Hay que superar esta dicotomía. Esto no va de “convertirse en empresa”, sino de incorporar herramientas empresariales al servicio del impacto.
En este contexto, las alianzas con empresas juegan un papel fundamental.
No como relaciones tradicionales de patrocinio, sino como colaboraciones más simétricas, donde ambas partes aportan y reciben valor.
Estas alianzas pueden permitir:
Cuando están bien diseñadas, estas relaciones superan la lógica de la responsabilidad social corporativa y se acercan más a modelos de colaboración estratégica.
El reto está en construir marcos de confianza y objetivos compartidos, evitando relaciones desequilibradas.
El ecosistema español ofrece ejemplos interesantes de este enfoque híbrido.
Desde entidades que han desarrollado líneas de negocio en reciclaje textil o gestión de residuos, hasta organizaciones que ofrecen servicios especializados a empresas en ámbitos como la inclusión laboral o la formación.
Algunos aprendizajes comunes que emergen de estas experiencias:
También se observa que las entidades que mejor funcionan en este ámbito son aquellas que han asumido el cambio como una evolución natural, no como una ruptura.
Para aquellas organizaciones que están considerando este camino, hay algunas claves prácticas que pueden facilitar el proceso:
Y, sobre todo, asumir que emprender implica riesgo. Pero también oportunidad.
No hacerlo también tiene un coste: el de quedarse en un modelo cada vez más tensionado.
El emprendimiento en el Tercer Sector no es una solución mágica ni sustituye a otros modelos de financiación. Pero sí es, cada vez más, una pieza necesaria del puzzle.
En los próximos años, es probable que veamos una mayor hibridación entre lo social y lo empresarial. Organizaciones más flexibles, modelos más diversificados y una mayor orientación a resultados, tanto sociales como económicos.
La pregunta ya no es si el Tercer Sector debe emprender, sino cómo hacerlo de forma coherente, sostenible y alineada con su razón de ser.
Porque, en última instancia, el objetivo no se limita a sostener las organizaciones, sino a ampliar su capacidad de transformar la realidad.
Colaborador de Futuro Presente
Fundador de BSocial — Economía Social e Inversión de Impacto
Nota del autor
Desde BSocial trabajamos en conectar entidades sociales con empresas e inversores de impacto para construir modelos sostenibles. Si quieres conversar sobre cómo dar este paso, escríbenos a hola@bsocial.es.
Recibe de forma periódica recursos de interés y utilidad relacionados con el Tercer Sector. También te informaremos de nuestras próximas formaciones y espacios de encuentro.
Somos una consultora 360º para entidades del Tercer Sector de Acción Social.
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